Con helicóptero y sin dios.

Cuantas amistades se pierden por no tener branquias
Henri Michaux
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Así que Santa Rita tenía una espina clavada en la frente que olía mal y le procuraba terribles sufrires. Ella lo aceptó, santa y devota, pero sus pensamientos nunca volvieron a ser suaves y frescos como la mañana de Casia. Por pura mímesis, lo de la espina puede ser una buena explicación para mi dolor de cabeza. Aquello de la alergia infinita ya no me consuela. Empiezo a pensar que Dios quiere algo de mi.
Mientras pensaba en estas cosas esta mañana en el trabajo, fichaba con gran esfuerzo un libro de Benedetti y me acordaba del montón de factoides y cosas dispersas que he leído en estos días sobre el poeta. Como ya no pienso sobre libros y su entorno, he recordado una visita reciente a Madrid. En la mesa de una amiga encontré un libro del uruguayo cuyo título no recuerdo y debí arrugar la nariz porque me explicó al momento que a ella le servía, que se sentía acompañada y que Don Mario le parecía un señor de ochenta años hablando de su pasado con la conciencia de que por delante, el futuro, para él no se desligaba de la presencia de la muerte. Y lo aceptaba con una especie de humildad y sinceridad que a ella, personalmente, le gustaba y la hacía sentirse mejor.
Ella me lo explicó mucho mejor y más sencillo, pero ya sabemos cómo me gustan las ramas.
Eso me ha llevado a pensar en uno de los blogs con los que más me divierto. El sindicato del mono degollado. Ha habido días en los que me han dado ganas de abrazar al tal Alber por descubrirme poetas extrañísimos, inquietantes y divertidos. También lo abrazaría por saber decir con gracia y descaro cosas sobre poetas con mucho morro y poco pensar que contaminan los mares y hacen que cada día cueste más encontrar algo en las librerías que realmente conmueva o sorprenda o todo a la vez. Poco pez entre tanta chatarra. Peces que parecen cacerolas y viceversa. Este hombre se ha metido en un tremendo berenjenal por criticar la obra de Benedetti en su obituario, aquí.
Yo podría compartir bastantes cosas con este mono, si me pusiera a pensar. Pero claro, después de sacar el machete contra los poemas de Benedetti una punzada de culpa me recorrería el espinazo porque hay algo que es cierto y que no puedo negar y es que cuando era pequeña me colaba a escondidas en el cuarto de mi hermana para leer poemas de un libro con flores rosas que tenía encima de la mesita de noche. Uf, y no era tan pequeña, cuando le pedí con la boca chica a mi prima que me regalara el mismo libro por mi cumpleaños. Ese libro rosa, que venía con un CD, ocupa ahora el primer lugar en la estanteria de poesía de mi casa. Que es la más llena, sin duda.
Así que de criticar a Benedetti, lo haría con un terrible dolor de estómago y Dios me libre.
Por otra parte, tampoco puedo enternecerme y recordarlo con nostalgia porque probablemente sus poemas tengan la culpa de todos aquellos otros versos míos llenos de dulzor uruguayo que escribí durante los años siguientes y que ahora me avergüenzan. Lo que quiero decir es que este hombre era entrañable, a todos caía bien y durante toda su vida trató de acercar la poesía al pueblo. Pero me pregunto si no es mejor que ciertas cosas permanezcan en su sitio y seamos nosotros quienes movamos el culo para entenderlas o terminaremos pensando que usted puede contar conmigo y que los de Fama bailan bien, por un poner. No sé, No sé, Yo disfruté mucho leyéndo aquel libro pero también escuchaba a héroes del silencio y veía telefilmes de danielle steel (que bien me lo pasaba).
Igual todo se debe a eso.
Después de colocar el libro de Benedetti en el escaparate, en sitio bien visible, claro, me iba a poner a pensar en ello pero me ha durado poco porque al fin y al cabo, en el fondo a mi me da igual, ni siquiera me gustan los libros - Tienen mucho polvo y huelen mal - Así que he vuelto a mi sitio a seguir ordenando montones, imaginandome que eran latas de atún, claro, por no sufrir.
Y en esas me encuentro. Disculpad la retahila y la poca claridad pero hoy me ha dado por ahí.



